El otro

16 Jan 2011

Yo soy el otro. Aunque en su corazón, en su cabeza y en sus entrañas me sienta que soy “el uno”, en realidad soy el otro. Soy el que desea llenar su vida entera pero al que sólo le permiten encajar en los huecos de su rutina. Soy el que desespera por telefonearla a medianoche en mi cama desierta, y el que desespera por contestar la llamada que diga que hoy hay un hueco en la suya. Soy el que no hace planes para que ella pueda planear verme. Soy el que decide que mantenerse a la espera compensa y vale la pena, a pesar de no poder decidir nada en absoluto. Soy el deseado, el amado, el querido y el apenas disfrutado. Soy el que comprende y no se permite enfados porque no sabe cuando podrá reconciliarse. Soy el abrazo a una vida incompleta que completa la mía cuando está en mis brazos. La fogata del campamento de verano que anhela arder en la chimenea del salón.

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Tu casa

22 Dec 2010

Entró en la casa después de haber llamado al timbre un par de veces. “¡Hola! Hoy he tenido que venir antes. Espero que no te importe”, gritó al aire. Pero nadie contestó. Se encogió de hombros y se dirigió, más tranquila, al pequeño aseo de la planta baja.

Salió cambiada de ropa. Vestido negro y delantal y cofia blanco. Decidida, se fue hasta la cocina y de armarios y cajones comenzó a sacar trapos, guantes, detergentes, lejía y un sinfín de productos de limpieza que iba dejando en el cubo de la fregona que hacía las veces de cesto de trasporte. Cuando reunió todo lo que consideró necesario, tomó el cubo en su mano derecha, la fregona y la mopa en la izquierda y abandonó la estancia en dirección al comedor. Pero a medio camino algo la hizo deternerse.

Una pequeña vela encendida en el primer peldaño de las escaleras que llevaban a la primera planta. Y no solo una. Una vela en cada escalón impar parecían indicar un camino a seguir. “¿Hola?”. No respondió nadie. Pero esta vez, al mostrarse visiblemente más atenta, logró escuchar la música que provenía del piso superior. Se atrevió a avanzar lentamente. A medio trayecto ya pudo distinguir el tema musical que sonaba: una versión de “Roxanne” de The Police interpretada por George Michael. Sensual. Muy sensual. Su rostro, que inicialmente reflejaba una mezcla de temor e incertidumbre recobró en ese momento algo de color e incluso esbozo una sonrisa picarona. No se detuvo. Continuó ascendiendo.

Al llegar al rellano descubrió que la puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Y también un nuevo sonido que acompañaba el ambiente: el de la ducha. Despacio, continuó adelante. Empujó ligeramente la puerta con la mano derecha. La izquierda había ido a parar al botón superior de su vesido, sobre el escote. Su labio inferior fue maltratado un par de segundos por sus dientes a la vez que se adentraba en el dormitorio. Sobre la cama, una bata de hombre y un camisón de mujer. Y en medio, una nota.

Se quedó un momento contemplando la silueta de aquel hombre en la ducha. Fueron sólo unos segundos en los que se quedó ensimismada, mirando y observando detalladamente cada músculo deformado por la mampara de la ducha. Hasta que reaccionó, y se acercó a leer la nota escrita con una letra marcadamente femenina.

“Espérame sin más ropa que la que encontrarás
al final del camino marcado con fuego”

Una lágrima borró la firma justo antes de desaparecer escaleras abajo

Inspirado por el tema Your House de Alanis Morissette

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El sirviente

15 Dec 2010

Di: ¿quien te cuidará cuando yo no esté; cuando me marche? Llevo tantos años encargándome de todos los pequeños detalles que rodean tu vida que, modestia aparte, nadie puede hacerte tan feliz como yo. Ni siquiera tú, que compartes conmigo la mayor parte de horas del día, creo que llegues a ser consciente de hasta dónde llega mi influencia, mis acciones.

En todo este tiempo he aprendido a conocerte por todos los medios a mi alcance. Al principio me guiaba por tus pasos, tus opiniones, tus órdenes… y poco a poco, sin que te dieras cuenta, llegué a saber más de ti que tú misma. Porque ya no me es necesario preguntarte si vas a venir a cenar a casa. Por tu tono de voz lo adivino. Sé por cómo pronuncias el “buenas noches” si tendrás un cocktail de compromiso, si debo preparar un vestido de noche provocativo o una bañera con sales relajantes. Soy una extensión de ti, de tu subconsciente. Sé mejor que tu, por el brillo que veo en tus ojos al abrirte la puerta, si necesitas una copa antes de ir a dormir o si lo que añoras es tener un amigo con el que poder desahogarte.

Crees que vas a extrañarme al no tener a alguien tan eficiente que recuerde a cada momento la medicación que debes tomarte, o porque te vaya a ser difícil encontrar a alguien que pueda memoriza toda tu agenda de compromisos profesionales y sociales. Y no sólo lo notarás en esos detalles, te lo aseguro. Porque además de preocuparme por ti, también lo hago por tus cosas. ¿Sabes? Tu portátil no sale solo de su maleta y se posa sobre tu escritorio cuando llegas a casa, ni se enfunda de nuevo en ella de madrugada para que esté listo de buena mañana. Tampoco tus perfumes recuerdan su posición exacta en el baño y se reordenan en tu ausencia, ni las estancias desprenden por ellas mismas el aroma que quieres encontrar cada día al volver a casa. Soy la sombra discreta que, mientras te preparas para dormir, prepara un vaso de agua en tu mesita de noche y desmenuza una rosa recién cortada para cubrir con el olor de sus pétalos tu almohada. Me he convertido en el acomodador de tu vida, y me he incrustado de tal manera en tu rutina que logro ocuparme de lo que te rodea en los que mi presencia es prescindible para ti.

Di: ¿quien te cuidará cuando yo no esté; cuando se acabe? ¿Habrá alguien que sepa ponerte media cuchada exacta de azúcar en tu café con leche? Dime: ¿quien te servirá unas tostadas con la mantequilla en su punto? ¿Quien te dedicará su primera sonrisa del día cuando esté lejos de ti, cuando mi vida se acabe?

Basado en esta versión de El sirviente de @miquipuig y Bruixeta de @minimal_21

Mitad Minimal 21, Mitad Miqui Puig from missalabama on Vimeo.

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Mierda de vida

07 Dec 2010

Como cada mañana, se ve desayunando bizcochitos recién horneados untados con mantequilla y una deliciosa mermelada de melocotón. Disfruta a cámara lenta del momento en el que la confitura desborda al juntar las dos mitades, y degusta ese dulzor cuando pasa el dedo recogiendo todo el sobrante. Como cada mañana, el ruido implacable del despertador la sobresalta en el momento en el que se dispone a lamer con fruición su dedo índice. Abre los ojos totalmente y maldice, un día más, no poder tener ese desayuno tantas y tantas veces soñado. “Vamos. A por otra mierda de día”.

Sabe muy bien lo que dice. Nada más levantarse llena un barreño con agua tibia hasta la mitad, le echa un chorro de gel de baño y con una manopla ya enfundada en su mano derecha se dirige a la habitación de su madre para comenzar con la rutina del día. Abre la ventana para dejar pasar algo de aire limpio y, sin soltar palabra alguna, voltea a la mujer de la cama para retirarle el pañal y así poder limpiarla. Es el comienzo de la rutina, otra vez. Como mañana. Con ese olor agrio de mierda que se te mete hasta la garganta si respiras demasiado hondo. El inicio de un día de mierda más.

Laura no soporta a su madre, pero aún así se trasladó a casa de ella cuando quedó impedida. No fue el amor de hija lo que la hizo tomar la decisión de mudarse, ni mucho menos. Cobrar una miseria del Estado por vivir con su madre y cuidar de ella era una opción de vida infinitamente mejor que seguir soportando a un borracho maltratador. O, por lo menos, eso pensó en un inicio. En ese momento sólo quería librarse de las palizas y violaciones a las que era sometida, y que aguantaba sólo por poder tener un colchón en el que intentar dormir.

Desde pequeña siempre consideró a su madre la culpable de su mala suerte. Echó a su padre de casa por putero cuando ella tenía cinco años, nunca tuvo una palabra amable con ella y en la vida le dedicó una sonrisa. Y por si eso fuera poco, la parió fea. Fea, no. Horrenda. Laura pensaba a menudo que, si por lo menos hubiera sido una chica medianamente agraciada, habría tenido la posibilidad de robarle el corazón a un incauto hombre con trabajo. Pero no fue así. Muy poca gente era capaz de aguantarle la mirada más de cinco segundos. Eso es lo que lleva peor: darse cuenta de la repugnancia que provoca su imagen. Y para Laura la culpa era de su madre porque nunca quiso tenerla.

Veinte años hace ya de esa embolia. Veinte años obligada a cuidar a la persona que más odia en este mundo, soportando todas las mañanas ese olor fétido y asqueroso, desinfectando a su madre las úlceras provocadas por la inmovilidad y deambulando por el piso víctima de una reclusión voluntaria. En esas horas de soledad obligada, Laura piensa. Al principio esos ratos eran muy llevaderos porque le permitían descansar del cuidado de ese ser que consideraba inmundo. Pero al cabo de un tiempo, cuando ya supo organizarse el trabajo, los minutos de reflexión se le hacían horas y cada día que pasaba, y pensaba, la niebla que no le permitía ver con claridad qué sería de ella en un futuro se iba disipando. Hasta el día en que un escalofrío le recorrió el espinazo al darse cuenta de lo que lo inmensamente triste que sería el resto de su vida, porque no solo estaba condenada a depender del aliento de la persona a quien siempre deseó la muerte sino que la existencia de Laura ya jamás tendría sentido sin su madre.

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Ondas magnéticas

06 Nov 2010

No sé si lo hago para poder ver tu rostro entero, para que puedas contemplar a la perfección como tu felicidad se refleja en mi cara, o por acariciar tu pelo. Pero cuando te tengo delante, ya sea a pocos centímetros de ti o de la pantalla del ordenador que nos une, un hormigueo le pide con urgencia a mi mano que te retire e mechón ondulado de pelo que cae sobre tu ojo derecho.

Y siento una necesidad absurda de no fijarlo tras tu oreja porque así, al poco tiempo, volverá a cubrirte y tendré de nuevo una excusa para acariciar el verdadero cabello de ángel. De rozar con el dorso de mis dedos esa piel que deseo con pasión siamesa.

Me espero a que llevemos unos segundos en silencio y que nos reflejemos las sonrisas. Inspiro. Cierro los ojos tan solo un instante para visualizar el gesto con precisión y, al abrirnos de nuevo, mi mano ya levita en dirección a tu frente. Lo intuyes, y tu mirada sigue con la mía hasta que tus párpados comienzan a caer en el momento del primer roce. No es debido a un acto reflejo por la proximidad de mis dedos, sino a la voluntad de entregarte a disfrutar con el sentido del tacto apagando el de la vista.

Es entonces cuando mi atención se fija en el movimiento de cada uno de los cabellos rubios que forman ese mechón tan atractivo. Mi única meta es cubrir los quince centímetros de trayecto en el máximo tiempo posible, que siempre resulta ser corto. Veo a mis dedos moverse despacio, abriéndose paso, surcando tu pelo como mi amor pretende labrar tu alma. El dorso de mi mano es capaz de sentir el calor de tu frente aún si tocarla. Pero ese instante dura muy poco. Nuestra piel imantada no puede vivir cerca sin tocarse y te rozo mientras sigo apartando tu pelo, despacio.

Ya llego al final del trayecto. El tropiezo de mis nudillos con tu lunar me dice que ya tienes el rostro descubierto. Retiro la vista de tu pelo y me encuentro con tus labios entreabiertos que dejan pasar tu aliento abrigando mi nombre. Y con tu mano sobre mi pecho, escuchando como mi corazón bombea las letras del tuyo.

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Se acercaba el invierno. La humedad y el frío comenzaban a hacerse más presentes tanto en la climatología de la zona como en su propio cuerpo. Él llegó a casa después de pasar la mañana de compras. Nada más abrir la puerta se le empañaron las gafas debido al contraste de temperatura (“bendita calefacción”, pensó). Luego se dirigió a la cocina, repartió el contenido de las bolsas del supermercado entre los armarios y la nevera y, después, puso una olla con agua a hervir. Dos sílabas rebotaban sin parar en su cabeza, como un eco infinito, desde el momento en que se metió, la noche anterior, en su enorme, fría y solitaria cama: so-pa, so-pa…

Buscó en su recuerdo los ingredientes principales. Comenzó añadiendo la cruda realidad de la muerte de María. La acompañó con el abrazo reconfortante de Elisa en el momento en el que él rompió a llorar desesperadamente delante del mar. A media cocción de esos instantes tan lejanos en el tiempo puso también en la olla los encuentros posteriores con Elisa, las gotas de amistad que iban calando dentro y que regaban un campo de amor inmenso, todavía oculto por un manto de amarga pérdida. Retiró los primeros recuerdos, ya que no pretendía que su sabor fuera protagonista, y usó la espumadera para quitar esa capa amarga que ya salió a flote.

Era momento de darle el toque fresco del primer beso, de potenciar el sabor del sudor de la piel de Elisa y de endulzarlo con las miradas que le ha dedicado siempre en cada caricia. Fue añadiendo los nuevos ingredientes poco a poco, removiendo bien para que la mezcla fuera del todo homogénea y degustando de vez en cuando para comprobar que estaba en su punto. Apagó el fuego para dejar reposar la sopa. Antes de taparla debía añadir unas ramitas de ira y rabia provocadas por la distancia que los separaba, pero las buscó por toda la cocina y no encontró ni una sola, debido posiblemente a que las utilizó como aderezo en los últimos correos que envió a Elisa.

Entonces pensó que quizá sería buena idea usar ralladura de reloj para aromatizar la sopa y hacer durar su sabor en boca. Utilizó el temporizador que tenía al lado de los fogones pero le supo a poco, así que fue en busca de más relojes. Ralló el que tenía colgado en su habitación, el de bolsillo que le regaló su amigo Oriol cuando cumplió 30 años y los tres de pulsera que tenía guardados en un cajón. Ralló también el móvil, sus dos cámaras de fotos, el reproductor de DVD, la consola de videojuegos y los dos decodificadores de TDT. Ralló incluso el reloj del microondas y el temporizador del horno, pero ni con esas logró darle la intensidad de aroma deseada a su sopa, ni mucho menos hacer durar su sabor y su calidez ni siquiera una mínima parte de lo que pretendía. Necesitaba algo más, así decidió, como si fuera la acción más natural del mundo, salir a atracar la relojería más cercana.

Delante de la puerta de la relojería, con el pasamontañas puesto y a punto de salir del coche, vio uno de los cabellos de Elisa sobre la alfombrilla del asiento del copiloto. “No hay sopa sin fideos de cabello de ángel”, pensó.

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@undragonsinalas