Se acercaba el invierno. La humedad y el frío comenzaban a hacerse más presentes tanto en la climatología de la zona como en su propio cuerpo. Él llegó a casa después de pasar la mañana de compras. Nada más abrir la puerta se le empañaron las gafas debido al contraste de temperatura (“bendita calefacción”, pensó). Luego se dirigió a la cocina, repartió el contenido de las bolsas del supermercado entre los armarios y la nevera y, después, puso una olla con agua a hervir. Dos sílabas rebotaban sin parar en su cabeza, como un eco infinito, desde el momento en que se metió, la noche anterior, en su enorme, fría y solitaria cama: so-pa, so-pa…
Buscó en su recuerdo los ingredientes principales. Comenzó añadiendo la cruda realidad de la muerte de María. La acompañó con el abrazo reconfortante de Elisa en el momento en el que él rompió a llorar desesperadamente delante del mar. A media cocción de esos instantes tan lejanos en el tiempo puso también en la olla los encuentros posteriores con Elisa, las gotas de amistad que iban calando dentro y que regaban un campo de amor inmenso, todavía oculto por un manto de amarga pérdida. Retiró los primeros recuerdos, ya que no pretendía que su sabor fuera protagonista, y usó la espumadera para quitar esa capa amarga que ya salió a flote.
Era momento de darle el toque fresco del primer beso, de potenciar el sabor del sudor de la piel de Elisa y de endulzarlo con las miradas que le ha dedicado siempre en cada caricia. Fue añadiendo los nuevos ingredientes poco a poco, removiendo bien para que la mezcla fuera del todo homogénea y degustando de vez en cuando para comprobar que estaba en su punto. Apagó el fuego para dejar reposar la sopa. Antes de taparla debía añadir unas ramitas de ira y rabia provocadas por la distancia que los separaba, pero las buscó por toda la cocina y no encontró ni una sola, debido posiblemente a que las utilizó como aderezo en los últimos correos que envió a Elisa.
Entonces pensó que quizá sería buena idea usar ralladura de reloj para aromatizar la sopa y hacer durar su sabor en boca. Utilizó el temporizador que tenía al lado de los fogones pero le supo a poco, así que fue en busca de más relojes. Ralló el que tenía colgado en su habitación, el de bolsillo que le regaló su amigo Oriol cuando cumplió 30 años y los tres de pulsera que tenía guardados en un cajón. Ralló también el móvil, sus dos cámaras de fotos, el reproductor de DVD, la consola de videojuegos y los dos decodificadores de TDT. Ralló incluso el reloj del microondas y el temporizador del horno, pero ni con esas logró darle la intensidad de aroma deseada a su sopa, ni mucho menos hacer durar su sabor y su calidez ni siquiera una mínima parte de lo que pretendía. Necesitaba algo más, así decidió, como si fuera la acción más natural del mundo, salir a atracar la relojería más cercana.
Delante de la puerta de la relojería, con el pasamontañas puesto y a punto de salir del coche, vio uno de los cabellos de Elisa sobre la alfombrilla del asiento del copiloto. “No hay sopa sin fideos de cabello de ángel”, pensó.