Cada mañana, nada más despertar, sale de su caparazón en busca de aire fresco y algo más de espacio para poder estirar, después de una noche de contorsionismo, esa especie de antenas que hacen las veces de ojos. Una vez desperazado, el caracol busca una buena concentración de gotas de rocío para lavarse un poco y comenzar con su pausado paseo matinal.
Habitualmente seguía su camino, sin un rumbo fijo ni paradas establecidas. O quizá sí, pero eso dejó de preocuparle el día que, sin querer, y al estar atravesando un precioso y cuidado jardín, se encontró con las botas de piedra de un enano de jardín. Un enano que, a simple vista, no tenía nada de especial. Vestía gorro puntiagudo y camisola ancha, tenía una nariz prominente y portaba en su mano derecha un farolillo con una vela por estrenar en su interior. Nada en absoluto había en él que lo hiciera destacar del resto de enanos de jardín que ese caracol había baboseado antes, pero… por algún extraño motivo le resultó especial. Así que ese mismo día que se conocieron se encaramó con gran esfuerzo hasta el hombro del vigilante del jardín, se acercó a su oreja parcialmente cubierta por el gorro petrificado y le dijo “Vamos” para después rodearle el cuello y descender por el costado opuesto.
No cabe decir que eso, al enano, lo dejó inmóvil. Muchas veces había tenido que aguantar las bromas de las mariposas que le animaban con sorna a seguirlas en sus vuelos de flor en flor, o los reproches burlones de las lagartijas cuando se quejaban de sus pisotones. Pero esas palabras retumbaron de tal forma en su interior, y su eco seguía sonando tan convincente que incluso intentó recordar si en alguna ocasión sus pétreas rodillas habían funcionado alguna vez. Pero al cabo de un momento descartó la idea por absurda y lo tomó por una broma de mal gusto de un caminante solitario.
Al día siguiente de ese primer encuentro, vio de nuevo acercarse al caracol. Éste trepó por su la pierna derecha resiguiendo el mismo camino que recorrió al marcharse. Se acercó de nuevo a su oído, en esta ocasión al derecho, y volvió a decirle con total convicción: “Vamos”. Y se marchó.
¿Estará loco este caracol? ¿No se da cuenta que soy de piedra y que mis extremidades están completamente rígidas? ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Qué pretende soltándome ese “Vamos” con toda su prepotencia? ¡Qué sabrá él! ¿Y por qué tengo que seguirle?
Esa noche el enano no pudo dormir. Esas y otras preguntas se iban atropellando en su cabeza mientras se forjaba el miedo a un nuevo amanecer. No quería verlo otra vez. En su interior comenzaba a crecer un odio irracional por esa criaturilla inmunda que se atrevía, con arrogancia y su parsimonia de caracol, a decirle lo que debía hacer. “Como se acerque por aquí, lo piso” se atrevió a decir para sí mismo cuando apareció entre la hierba del jardín ya avanzada la mañana del tercer día. Pero oír su propia risa socarrona lo petrificó aún más, si cabe.
El caracol, como no podía ser de otra manera, ascendió de nuevo por el cuerpo inmóvil del enano. Ésta vez subió por el pecho hasta colocarse en el mismo centro de su nariz prominente. Y desde allí, y mirándolo a los ojos, alargó un poco su discurso antes de dar media vuelta y seguir con su camino.
¿Eres de piedra o te has vuelto de piedra? Vamos
Hoy, como cada mañana, nada más despertar, el caracol saió de su caparazón en busca de aire fresco y algo más de espacio para poder estirar, después de una noche de contorsionismo, esa especie de antenas que hacen las veces de ojos. Una vez desperazado, buscó una buena concentración de gotas de rocío para lavarse un poco y comenzar con su pausado paseo matinal, pero se encontró en el interior de un farolillo, acompañado de una vela aún por estrenar. Y a su espalda, la sonrisa satisfecha de un enano de jardín que, desde el otro lado del cristal, le hacía una sencilla pregunta:
¿Vamos?