La sonrisa

16 Aug 2011

El cansancio le obligó a sentarse en uno de los bancos del parque. Su mente estaba al borde del cortocircuito debido a haber entrado en uno de esos bucles de depresión retroalimentada y su cuerpo exhausto después de haberse pateado un par de barrios de Barcelona bajo un sol asfixiante. Así que en cuanto vio un asiento libre bajo uno de los sauces llorones que bordean el parque no dudó un momento en desplomarse sobre él.

Y así quedó. Con las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en la arena que separaba sus pies hasta que una pelota ocupó el espacio entre ellos. Levantó la cabeza y un niño sonriente se reflejó en sus ojos llorosos.

- Estás triste – espetó el crío. Al ver que el adulto no reaccionaba decidió continuar sin dejar de sonreír- ¿Puedo coger la pelota?

El hombre abatido la agarró con una sola mano y, antes de alargador el balón le hizo una pregunta tan espontánea como absurda.

- ¿Por qué eres feliz?

- Porque sonrío

Y se despidió tras mostrarle un abanico de dientes y huecos entre los labios.

El hombre sintió envidia por la ingenuidad del niño. “Ojalá con eso bastara”, pensó. Y se levantó para dirigirse a casa, con media sonrisa en la boca y las piernas menos pesadas.

Inspirado en un tuit de @Yoriento

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No reaccionaba. Me miraba ausente, como muchas otras veces. Como si no entendiera ni una sola palabra de lo que estaba diciendo. Pero en sus ojos nonagenarios se adivinaba algo de expectación así que lo intenté de nuevo, esta vez utilizando el recurso de la música.

¿Se acuerda? ¿Se acuerda que decían “Le harán, le harán, le harán”?

Dio resultado. Su sonrisa desdentada repitió con un hilito de voz el estribillo de la canción. Pero nada más. Mi suegra no parecía ser consciente del hecho de la reapertura del puerto de Laredo, probablemente porque su mente nunca asimiló que estuvo cerrado.

Recuerdo la última vez que vino a casa. Debió ser poco antes de que comenzaran las obras y su estado físico y anímico estaba a años luz de la degradación que sufre ahora. Vinieron ella y su hermana, quien también la acompañó a Barcelona en tiempos de postguerra. Recuerdo especialmente la noche que cenamos en el merendero, con el olor a salitre mezclado con el de las sardinas cociéndose sobre las brasas. Se comió 12 de una sentada. Entonces debía tener ochenta y pocos años, pero aún así se metió entre pecho y espalda una docena de sardinas.

El día siguiente se lo pasó enterito en la cama. Un empacho, dicen. Seguramente, sí. Pero puede que fuera de norte, de aroma de mar y de sonido de barcos meciéndose y no de pescado.

Idea de Esperanza Moya

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Payaso

21 Mar 2011

Se abotonó la camisa almidonada hasta el cuello, por completo. Se anudó la corbata y completó su disfraz con una americana a juego con sus pantalones.

Delante del espejo se sintió ridículo y pensó que lo único que le faltaba era pintarse una lágrima en la mejilla, como había hecho a diario hasta pocos días atrás.

Entonces dormía cada noche con una trapecista; el amor de su vida.

Entonces era feliz.

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Mierda de vida

07 Dec 2010

Como cada mañana, se ve desayunando bizcochitos recién horneados untados con mantequilla y una deliciosa mermelada de melocotón. Disfruta a cámara lenta del momento en el que la confitura desborda al juntar las dos mitades, y degusta ese dulzor cuando pasa el dedo recogiendo todo el sobrante. Como cada mañana, el ruido implacable del despertador la sobresalta en el momento en el que se dispone a lamer con fruición su dedo índice. Abre los ojos totalmente y maldice, un día más, no poder tener ese desayuno tantas y tantas veces soñado. “Vamos. A por otra mierda de día”.

Sabe muy bien lo que dice. Nada más levantarse llena un barreño con agua tibia hasta la mitad, le echa un chorro de gel de baño y con una manopla ya enfundada en su mano derecha se dirige a la habitación de su madre para comenzar con la rutina del día. Abre la ventana para dejar pasar algo de aire limpio y, sin soltar palabra alguna, voltea a la mujer de la cama para retirarle el pañal y así poder limpiarla. Es el comienzo de la rutina, otra vez. Como mañana. Con ese olor agrio de mierda que se te mete hasta la garganta si respiras demasiado hondo. El inicio de un día de mierda más.

Laura no soporta a su madre, pero aún así se trasladó a casa de ella cuando quedó impedida. No fue el amor de hija lo que la hizo tomar la decisión de mudarse, ni mucho menos. Cobrar una miseria del Estado por vivir con su madre y cuidar de ella era una opción de vida infinitamente mejor que seguir soportando a un borracho maltratador. O, por lo menos, eso pensó en un inicio. En ese momento sólo quería librarse de las palizas y violaciones a las que era sometida, y que aguantaba sólo por poder tener un colchón en el que intentar dormir.

Desde pequeña siempre consideró a su madre la culpable de su mala suerte. Echó a su padre de casa por putero cuando ella tenía cinco años, nunca tuvo una palabra amable con ella y en la vida le dedicó una sonrisa. Y por si eso fuera poco, la parió fea. Fea, no. Horrenda. Laura pensaba a menudo que, si por lo menos hubiera sido una chica medianamente agraciada, habría tenido la posibilidad de robarle el corazón a un incauto hombre con trabajo. Pero no fue así. Muy poca gente era capaz de aguantarle la mirada más de cinco segundos. Eso es lo que lleva peor: darse cuenta de la repugnancia que provoca su imagen. Y para Laura la culpa era de su madre porque nunca quiso tenerla.

Veinte años hace ya de esa embolia. Veinte años obligada a cuidar a la persona que más odia en este mundo, soportando todas las mañanas ese olor fétido y asqueroso, desinfectando a su madre las úlceras provocadas por la inmovilidad y deambulando por el piso víctima de una reclusión voluntaria. En esas horas de soledad obligada, Laura piensa. Al principio esos ratos eran muy llevaderos porque le permitían descansar del cuidado de ese ser que consideraba inmundo. Pero al cabo de un tiempo, cuando ya supo organizarse el trabajo, los minutos de reflexión se le hacían horas y cada día que pasaba, y pensaba, la niebla que no le permitía ver con claridad qué sería de ella en un futuro se iba disipando. Hasta el día en que un escalofrío le recorrió el espinazo al darse cuenta de lo que lo inmensamente triste que sería el resto de su vida, porque no solo estaba condenada a depender del aliento de la persona a quien siempre deseó la muerte sino que la existencia de Laura ya jamás tendría sentido sin su madre.

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Sueños canívales

21 Oct 2010

Llegaron de mil y una formas. A través de palabras, abrazos, gestos, miradas, besos, arrullos, orgasmos, caricias, suspiros, e incluso alientos. Sea como fuera, aquellas mariposas se instalaron en el estómago y revoloteaban en él de manera incesante.

Hubo un día en el que la razón se propuso moderar los impulsos de esas ilusiones aladas que le revolvían las vísceras. Ellas, tremendamente enojadas y poco amigas de pensar, quisieron tomarse la justicia por su mano. Cogieron el camino del esófago hacia arriba. Se apelotonaron formando nudos en la garganta, pero al salir de allí pudieron continuar por las trompas de Eustaquio y taladrar las sienes hasta llegar al cerebro. Y allí, hambrientas de venganza por verse detenidas en sus impulsos, comenzaron a devorarlo.

Los mordiscos dolorosos y el vacío en su vientre le deformaban los pensamientos a cada minuto. Así que, desesperado, abrió el cajón de la mesita y se disparó en la cabeza dejando volar libres a esos maravillosos sueños que un día le llenaron el alma.

sueños reales

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Se acercaba el invierno. La humedad y el frío comenzaban a hacerse más presentes tanto en la climatología de la zona como en su propio cuerpo. Él llegó a casa después de pasar la mañana de compras. Nada más abrir la puerta se le empañaron las gafas debido al contraste de temperatura (“bendita calefacción”, pensó). Luego se dirigió a la cocina, repartió el contenido de las bolsas del supermercado entre los armarios y la nevera y, después, puso una olla con agua a hervir. Dos sílabas rebotaban sin parar en su cabeza, como un eco infinito, desde el momento en que se metió, la noche anterior, en su enorme, fría y solitaria cama: so-pa, so-pa…

Buscó en su recuerdo los ingredientes principales. Comenzó añadiendo la cruda realidad de la muerte de María. La acompañó con el abrazo reconfortante de Elisa en el momento en el que él rompió a llorar desesperadamente delante del mar. A media cocción de esos instantes tan lejanos en el tiempo puso también en la olla los encuentros posteriores con Elisa, las gotas de amistad que iban calando dentro y que regaban un campo de amor inmenso, todavía oculto por un manto de amarga pérdida. Retiró los primeros recuerdos, ya que no pretendía que su sabor fuera protagonista, y usó la espumadera para quitar esa capa amarga que ya salió a flote.

Era momento de darle el toque fresco del primer beso, de potenciar el sabor del sudor de la piel de Elisa y de endulzarlo con las miradas que le ha dedicado siempre en cada caricia. Fue añadiendo los nuevos ingredientes poco a poco, removiendo bien para que la mezcla fuera del todo homogénea y degustando de vez en cuando para comprobar que estaba en su punto. Apagó el fuego para dejar reposar la sopa. Antes de taparla debía añadir unas ramitas de ira y rabia provocadas por la distancia que los separaba, pero las buscó por toda la cocina y no encontró ni una sola, debido posiblemente a que las utilizó como aderezo en los últimos correos que envió a Elisa.

Entonces pensó que quizá sería buena idea usar ralladura de reloj para aromatizar la sopa y hacer durar su sabor en boca. Utilizó el temporizador que tenía al lado de los fogones pero le supo a poco, así que fue en busca de más relojes. Ralló el que tenía colgado en su habitación, el de bolsillo que le regaló su amigo Oriol cuando cumplió 30 años y los tres de pulsera que tenía guardados en un cajón. Ralló también el móvil, sus dos cámaras de fotos, el reproductor de DVD, la consola de videojuegos y los dos decodificadores de TDT. Ralló incluso el reloj del microondas y el temporizador del horno, pero ni con esas logró darle la intensidad de aroma deseada a su sopa, ni mucho menos hacer durar su sabor y su calidez ni siquiera una mínima parte de lo que pretendía. Necesitaba algo más, así decidió, como si fuera la acción más natural del mundo, salir a atracar la relojería más cercana.

Delante de la puerta de la relojería, con el pasamontañas puesto y a punto de salir del coche, vio uno de los cabellos de Elisa sobre la alfombrilla del asiento del copiloto. “No hay sopa sin fideos de cabello de ángel”, pensó.

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Cada mañana, nada más despertar, sale de su caparazón en busca de aire fresco y algo más de espacio para poder estirar, después de una noche de contorsionismo, esa especie de antenas que hacen las veces de ojos. Una vez desperazado, el caracol busca una buena concentración de gotas de rocío para lavarse un poco y comenzar con su pausado paseo matinal.

Habitualmente seguía su camino, sin un rumbo fijo ni paradas establecidas. O quizá sí, pero eso dejó de preocuparle el día que, sin querer, y al estar atravesando un precioso y cuidado jardín, se encontró con las botas de piedra de un enano de jardín. Un enano que, a simple vista, no tenía nada de especial. Vestía gorro puntiagudo y camisola ancha, tenía una nariz prominente y portaba en su mano derecha un farolillo con una vela por estrenar en su interior. Nada en absoluto había en él que lo hiciera destacar del resto de enanos de jardín que ese caracol había baboseado antes, pero… por algún extraño motivo le resultó especial. Así que ese mismo día que se conocieron se encaramó con gran esfuerzo hasta el hombro del vigilante del jardín, se acercó a su oreja parcialmente cubierta por el gorro petrificado y le dijo “Vamos” para después rodearle el cuello y descender por el costado opuesto.

No cabe decir que eso, al enano, lo dejó inmóvil. Muchas veces había tenido que aguantar las bromas de las mariposas que le animaban con sorna a seguirlas en sus vuelos de flor en flor, o los reproches burlones de las lagartijas cuando se quejaban de sus pisotones. Pero esas palabras retumbaron de tal forma en su interior, y su eco seguía sonando tan convincente que incluso intentó recordar si en alguna ocasión sus pétreas rodillas habían funcionado alguna vez. Pero al cabo de un momento descartó la idea por absurda y lo tomó por una broma de mal gusto de un caminante solitario.

Al día siguiente de ese primer encuentro, vio de nuevo acercarse al caracol. Éste trepó por su la pierna derecha resiguiendo el mismo camino que recorrió al marcharse. Se acercó de nuevo a su oído, en esta ocasión al derecho, y volvió a decirle con total convicción: “Vamos”. Y se marchó.

¿Estará loco este caracol? ¿No se da cuenta que soy de piedra y que mis extremidades están completamente rígidas? ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Qué pretende soltándome ese “Vamos” con toda su prepotencia? ¡Qué sabrá él! ¿Y por qué tengo que seguirle?

Esa noche el enano no pudo dormir. Esas y otras preguntas se iban atropellando en su cabeza mientras se forjaba el miedo a un nuevo amanecer. No quería verlo otra vez. En su interior comenzaba a crecer un odio irracional por esa criaturilla inmunda que se atrevía, con arrogancia y su parsimonia de caracol, a decirle lo que debía hacer. “Como se acerque por aquí, lo piso” se atrevió a decir para sí mismo cuando apareció entre la hierba del jardín ya avanzada la mañana del tercer día. Pero oír su propia risa socarrona lo petrificó aún más, si cabe.

El caracol, como no podía ser de otra manera, ascendió de nuevo por el cuerpo inmóvil del enano. Ésta vez subió por el pecho hasta colocarse en el mismo centro de su nariz prominente. Y desde allí, y mirándolo a los ojos, alargó un poco su discurso antes de dar media vuelta y seguir con su camino.

¿Eres de piedra o te has vuelto de piedra? Vamos

Hoy, como cada mañana, nada más despertar, el caracol saió de su caparazón en busca de aire fresco y algo más de espacio para poder estirar, después de una noche de contorsionismo, esa especie de antenas que hacen las veces de ojos. Una vez desperazado, buscó una buena concentración de gotas de rocío para lavarse un poco y comenzar con su pausado paseo matinal, pero se encontró en el interior de un farolillo, acompañado de una vela aún por estrenar. Y a su espalda, la sonrisa satisfecha de un enano de jardín que, desde el otro lado del cristal, le hacía una sencilla pregunta:

¿Vamos?

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Cazador cazado

13 Aug 2010

Llegó con cara triste y se sentó ante una de las pocas mesas libres que quedaban en la terraza. Su rostro mostraba todavía el rastro de un llanto reciente, aunque parcialmente disimulado por unas enormes gafas de sol. Sacó un cigarrillo de la cajetilla con dificultades debido los temblores de sus manos.

[ ... pobre. Está atacada de los nervios. ¿qué le debe haber pasado? ... ]

Revolvía con ansia el bolso en busca del encendedor, como si encontrarlo fuera a dar luz a algo más que su pitillo, cuando llegó el camarero ofreciéndole todo cuanto necesitaba en ese momento. Pero ella solo aceptó la lumbre, y le pidió una copa de vino.

Unos minutos más tarde parecía más tranquila. Quizás por el efecto del alcohol, quizás por poder pensar sobre lo ocurrido. O simplemente por haber conseguido estar un rato sola. O por haber apagado el móvil después de estar sonando insistentemente. El hecho es que se la veía más relajada, y daba la impresión de que se lo merecía. Y lo estaba disfrutando.

[ ... parece que va encontrando su sitio. Tómatelo con calma. Coge de nuevo el camino y síguelo. No te despistes ... ]

Cuando pareció restablecida, llamó al camarero dispuesta a pagar ese par de copas terapéuticas.

- ¿Qué te debo?
- Nada. Ya está pagado.
- ¿Cómo?
- Sí. Ya pagaron tus tintos

Ella buscó con su mirada al misterioso mecenas de su tiempo de relax, lo que me obligó a apartar mi vista de ella para no parecer el protagonista de ese momento.

- ¿Y quien fue?
- No lo sé. Sólo me dijeron que no debía cobrarte.

Se fue medio molesta por haber sido descubierta en un momento tan íntimo, medio halagada al comprobar en su propia piel que existe todavía gente que se preocupa por alegrar a los demás en situaciones delicadas, incluso sin conocerla.

Aproveché que él todavía estaba cerca viendo como ella se alejaba para llamar su atención.

- ¡Perdona!
- Tres cincuenta -dijo cuando estuvo a mi lado, y aún siguiéndola con la mirada.
- Entonces, ¿a mí no me invitas?

Se volvió hacia mí con su cara iluminada de un rojo rubor totalmente delator, que empezó a apagarse al ver mi sonrisa cómplice. El cazador de momentos íntimos personales, cazado.

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@undragonsinalas