Ataques
15 Sep 2011Cerrar los ojos es una tortura. ¿Sabes por qué? Porque no dejo de recordar ese encuentro. Yo solo estaba de paso. Yo solo pretendía cenar conmigo, tranquilo, pensando en la reunión del día siguiente y repasar mi estrategia para convencer a ese nuevo cliente. Pero no. Tuviste que sentarte delante de mí. Por las buenas.
Tuviste que mirarme con ojos brillantes, entre tristes y ebrios. Tuviste que decirme que por una vez, después de mucho tiempo, necesitabas sentirte hermosa, cuidada y deseada. Yo no daba crédito. No entendía cómo podía sentirse así una mujer tan bella y sin embargo, ahí seguías diciéndome que no soportabas tanto rechazo y que necesitabas que un desconocido como yo te mimara unas horas. “Estás solo. Tu traje dice que vienes por negocios. Tu marca del dedo, que ahora estás solo. Y mi intuición, que tu hotel está a la vuelta. Vamos, por favor”.
Te seguía, ¿recuerdas?. Me guiaba tu aroma, el sonido de tus tacones, el contoneo de tus caderas y el vaivén de tu pelo cubriendo tu espalda semidesnuda. Solo al salir del ascensor me dejase pasar delante, y gracias a eso pude seguir admirando tu cara reflejada en la ventana del final del pasillo. Me quitaste la llave, pasaste tú y te dirigiste al baño. “Espérame fuera”. Y obedecí. Sin saber muy bien por qué te obedecí y me desnudé a los pies de la cama.
Y ahora, tres días después, te sigo viendo cada vez que cierro los ojos. Oigo cómo se abre la puerta y aparece un ángel tímido de pelo negro mostrando un cuerpo sublime. “No sé qué hago”, dijiste. Sin mirarme. Sin retirarte. Dejando a la vista la perfección teñida de morado y las lagunas blancas susceptibles de ser acariciadas sin temor al dolor. Esta noche, tres noches después, me he visto obligado a dibujar la hermosura atacada por la bestia para sacarla de mi mente de una vez. Lo malo es que mi puño la emprendió contra la pared cuando acabé de plasmarte. Lo bueno es que con su sangre pude hacerte un vestido y hacerte más bonita.
Ilustración de [M]atelier
