La hora del té
03 May 2012Hay decisiones en la vida que no son nada fáciles de tomar. Dar un “sí, quiero”, acordar tener un hijo, decantarse por Pepsi en lugar de CocaCola… Todas ellas muy complicadas, sí; pero ninguna como verte obligado a cortarle el cuello a un ser querido. Aunque no sea humano. Aunque no esté vivo. Aunque sea el osito de peluche que lleva contigo los 7 años de tu existencia. Es una putada verte entre la espada y la pared, pero también es cierto que no había otra solución.
Sun se encontró con el robot por casualidad un día de vuelta a casa. Rosy, su mascota, se detuvo al oír unos sollozos metálicos que provenían de un callejón sin salida. Curiosas, decidieron investigar y descubrieron a un integrante de la Infantería Motorizada sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.
“Un robot llorando. ¿No es absurdo? ¿Como va a sollozar así un ser sin sentimientos?”, se preguntó. Y sin entretenerse un momento le trasladó al robot esa misma batería de preguntas. Él no comprendía el por qué, pero en cuanto se miraba al espejo y se escuchaba su propia voz metálica, el corazón (o lo que fuera eso) se paraba y no detenía el llanto.
Pocas más explicaciones tuvo que dar. Sun creyó en él a pesar de ser un robot de combate y se puso manos a la obra para poder comenzar la operación. Se dio cuenta de que no iba a ser fácil, pero la ilusión lo es todo. Lo puede todo. Pero una cara amigable con la que él se sintiera a gusto, ¿de donde iba a sacarla?
Entonces fue cuando recurrió a su museo particular en el que reinaba Beary. De entre todos los muñecos del armario, Beary era el amo. El más querido por Sun. Y por eso debía utilizarlo a él; para hacerlo vivir, aunque solo fuera con el fin de hacerle tener gestos propios en una musculatura biónica.
Como dije, el momento fue muy cruel, pero el propósito y el resultado finales son dignos de elogios. Tuvo que arrancarle la cabeza a Beary y lo hizo decidida, como aquel que sabe que está tomando la decisión equivocada pero que aún así sigue adelante. El resto, pura rutina (para ella).
Conectar los sensores de memoria emotiva a toda la musculatura para ella era coser y cantar, pero conseguir las reacciones que ella siempre había imaginado en la carita de Beary fue toda una experiencia, tan larga como gratificante. Finalmente, el robot dio saltos de contento al verse tan diferente. “Puedo sonreír”, dijo al mirarse al por primera vez. Estaba eufórico, y muy muy agradecido.
Desde entonces, Sun y Beary Cop toman el té juntos cada tarde, como señal de la unión surgida de la nada. Un té que hará que ambos crezcan juntos y sigan respetándose.
(dibujo creado por Chiquimedia, a quien dedico este cuento el día de la apertura del Salón del Cómic de Barcelona que este año lo dedican a los robots)



