La hora del té

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Hay decisiones en la vida que no son nada fáciles de tomar. Dar un “sí, quiero”, acordar tener un hijo, decantarse por Pepsi en lugar de CocaCola… Todas ellas muy complicadas, sí; pero ninguna como verte obligado a cortarle el cuello a un ser querido. Aunque no sea humano. Aunque no esté vivo. Aunque sea el osito de peluche que lleva contigo los 7 años de tu existencia. Es una putada verte entre la espada y la pared, pero también es cierto que no había otra solución.

Sun se encontró con el robot por casualidad un día de vuelta a casa. Rosy, su mascota, se detuvo al oír unos sollozos metálicos que provenían de un callejón sin salida. Curiosas, decidieron investigar y descubrieron a un integrante de la Infantería Motorizada sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.

“Un robot llorando. ¿No es absurdo? ¿Como va a sollozar así un ser sin sentimientos?”, se preguntó. Y sin entretenerse un momento le trasladó al robot esa misma batería de preguntas. Él no comprendía el por qué, pero en cuanto se miraba al espejo y se escuchaba su propia voz metálica, el corazón (o lo que fuera eso) se paraba y no detenía el llanto.

Pocas más explicaciones tuvo que dar. Sun creyó en él a pesar de ser un robot de combate y se puso manos a la obra para poder comenzar la operación. Se dio cuenta de que no iba a ser fácil, pero la ilusión lo es todo. Lo puede todo. Pero una cara amigable con la que él se sintiera a gusto, ¿de donde iba a sacarla?

Entonces fue cuando recurrió a su museo particular en el que reinaba Beary. De entre todos los muñecos del armario, Beary era el amo. El más querido por Sun. Y por eso debía utilizarlo a él; para hacerlo vivir, aunque solo fuera con el fin de hacerle tener gestos propios en una musculatura biónica.

Como dije, el momento fue muy cruel, pero el propósito y el resultado finales son dignos de elogios. Tuvo que arrancarle la cabeza a Beary y lo hizo decidida, como aquel que sabe que está tomando la decisión equivocada pero que aún así sigue adelante. El resto, pura rutina (para ella).

Conectar los sensores de memoria emotiva a toda la musculatura para ella era coser y cantar, pero conseguir las reacciones que ella siempre había imaginado en la carita de Beary fue toda una experiencia, tan larga como gratificante. Finalmente, el robot dio saltos de contento al verse tan diferente. “Puedo sonreír”, dijo al mirarse al por primera vez. Estaba eufórico, y muy muy agradecido.

Desde entonces, Sun y Beary Cop toman el té juntos cada tarde, como señal de la unión surgida de la nada. Un té que hará que ambos crezcan juntos y sigan respetándose.

(dibujo creado por Chiquimedia, a quien dedico este cuento el día de la apertura del Salón del Cómic de Barcelona que este año lo dedican a los robots)

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Primavera de otoño

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Hay noches de primavera impregnadas de puro otoño.
Noches de olor a humedad. De aquellas en las que,
nada más moverte en la cama,
oyes crepitar los recuerdos secos bajo el cuerpo.

Noches de Antonio Vega, del sitio de nuestro recreo,
de nuestro paraíso eterno e intacto. De bruma.
Noches de lágrimas urgentes en la almohada,
de la piel distante. Fría. Muerta.

Noches en las que los retales de memoria ya no forman un puzzle perfecto
sino un patchwork disperso. Borroso. Inconexo.
Ausente de un guión inteligible.

Pero esa sábana sirve de abrigo
en esas frías noches de primavera de otoño

Como azúcar y café

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Una vez sin funda, sin protección ni envoltorio,
ya no importa como me presente a ti.

Si llego desmembrado, libre de ataduras,
con mis facetas expuestas y dispersas,
me lanzo de cabeza empapándome de ti en cada poro de mi cuerpo.
Disolviéndome en tus entrañas para ser uno en ti.

Pero si me recluyo. ¡Ay, si me recluyo!
Si se me ocurre transformarme en cubo
y construir con mis fortalezas seis caras sólidas para proteger las debilidades de mi alma.
Si me acerco despacio, precavido
y temeroso de volver a diluirme en vos,
el leve roce de mis dedos con la espuma de tu pelo provoca que te infiltres en mí.
Que tu vida se escurra entre mis recovecos hasta invadirme por completo.
Hasta que el calor de este líquido abrazo interior acabe rompiendo toda protección para acabar,
de nuevo
buceando en ti.

Y siendo tú
como nadie
la protagonista de mis insomnios

Carnaval

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Ella saqueó la ciudad entera. Se llevó todas las máscaras que encontró para poder continuar la vida que le habían obligado a vivir.

Así que él, al no encontrar ninguna, volvió a casa y extrajo del trastero de los recuerdos las herramientas que le ayudaron a crear todas aquellas sonrisas tiempo atrás. Cuando creyó que de entonces en adelante su vida sería un Carnaval perpetuo.

Golpes

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Golpes.

Golpes que retumban en mi mente
y que alimentan mi insomnio.
Golpes en la puerta del calabozo de los sueños presos,
aquellos que fueron sustituidos por otros ahora desterrados.

Sueños alimentados por la necesidad de no sentir.
O de no buscar sentir.
O de sentir diferente.
O de abandonarse a ser devorado por antiguos sueños.
Esos, los que tan fuertemente golpean.

Golpes.
Golpes y más golpes que el insomnio jalea.
Que mi corazón teme.
Que mi cordura desea liberar para no huir.
Que la locura espera recibir para volver a reinar.

Golpes que no entienden de cielo ni infierno.
Que no quieren matar al insomnio.
Que solo quieren volver a soñar.

Quiero mentirte

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Ojalá pudiera mentirte
y asegurarte que todo se arreglará.

Que la felicidad solo depende de nosotros,
que el dinero no importa, que la distancia nos hará fuertes,
que los abrazos son lo único imprescindible
y que el año que viene todo será mejor.

Ojalá pudiera decirte que ellos estarán bien.
Que comenzarán a vivir las cosas de una manera natural
y que tu nuevo trabajo te dará muchas satisfacciones.

Ojalá sintiera cierto el hecho de que nos besaremos cada noche
y que saldremos tarde de casa por hacer el amor de buena mañana.

Ojalá… pero solo acierto a decirte que, a veces, la vida es una mierda,
aunque se acompañe de una tarjeta con un enorme y sincero “te quiero”.

Reina de hojalata

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Se le clava cada segundo en el pecho. Cada paso del reloj que lleva incrustado es una puñalada trapera que le asesta el paso del tiempo pero, a pesar de eso, ella, la reina de todas las reinas, no piensa morir tan pronto.

Lleva la experiencia tatuada en cada roncha de óxido que marca su corona, la única parte de su cuerpo metálico que permite que envejezca. El resto lo rejuvenece el escuadrón de mantenimiento que ella misma ha parido, y que renueva de vez en cuando dando a luz solo a varones, no se diera el caso que una nueva reina quiera desbancarla. Pero los años no pasan en balde. Sus hijos ya no son tan fuertes. Su vientre va perdiendo calor.

Llora recuerdos concentrados en lágrimas de aceite que acaban lubricando sus cervicales. Se le escapan. Se le escurren mejilla abajo sin saborearlos, sin recrearse en aquella joven que sobrevolaba inmensos campos de trigo o que era capaz de crear máquinas perfectas con sus dedos. Sus dedos… en aquel entonces eran ágiles, rápidos, precisos… pero ahora chirrían a cada milímetro. Como todas sus articulaciones, tan complicada de poner a punto después de tantos años (¿o son ya siglos?) en funcionamiento.

Abre su vientre para dejar salir a su último engendro. Se le ilumina la vista por un instante, fugaz. Como el recuerdo de lo que perseguía en su vida. “¿Qué fue eso?”, se pregunta. No lo sabe. Pero un pensamiento, una antigua ilusión, cruzó veloz los circuitos de su mente y durante dos segundos no sintió dolor. Y después, de nuevo las punzadas que le recuerdan que debe sobrevivir al tiempo.

¿O es el tiempo que la tortura por no tener más ilusión que sobrevivir?

Ilustración de chiquimedia

Ataques

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Cerrar los ojos es una tortura. ¿Sabes por qué? Porque no dejo de recordar ese encuentro. Yo solo estaba de paso. Yo solo pretendía cenar conmigo, tranquilo, pensando en la reunión del día siguiente y repasar mi estrategia para convencer a ese nuevo cliente. Pero no. Tuviste que sentarte delante de mí. Por las buenas.

Tuviste que mirarme con ojos brillantes, entre tristes y ebrios. Tuviste que decirme que por una vez, después de mucho tiempo, necesitabas sentirte hermosa, cuidada y deseada. Yo no daba crédito. No entendía cómo podía sentirse así una mujer tan bella y sin embargo, ahí seguías diciéndome que no soportabas tanto rechazo y que necesitabas que un desconocido como yo te mimara unas horas. “Estás solo. Tu traje dice que vienes por negocios. Tu marca del dedo, que ahora estás solo. Y mi intuición, que tu hotel está a la vuelta. Vamos, por favor”.

Te seguía, ¿recuerdas?. Me guiaba tu aroma, el sonido de tus tacones, el contoneo de tus caderas y el vaivén de tu pelo cubriendo tu espalda semidesnuda. Solo al salir del ascensor me dejase pasar delante, y gracias a eso pude seguir admirando tu cara reflejada en la ventana del final del pasillo. Me quitaste la llave, pasaste tú y te dirigiste al baño. “Espérame fuera”. Y obedecí. Sin saber muy bien por qué te obedecí y me desnudé a los pies de la cama.

Y ahora, tres días después, te sigo viendo cada vez que cierro los ojos. Oigo cómo se abre la puerta y aparece un ángel tímido de pelo negro mostrando un cuerpo sublime. “No sé qué hago”, dijiste. Sin mirarme. Sin retirarte. Dejando a la vista la perfección teñida de morado y las lagunas blancas susceptibles de ser acariciadas sin temor al dolor. Esta noche, tres noches después, me he visto obligado a dibujar la hermosura atacada por la bestia para sacarla de mi mente de una vez. Lo malo es que mi puño la emprendió contra la pared cuando acabé de plasmarte. Lo bueno es que con su sangre pude hacerte un vestido y hacerte más bonita.

Mister cool, mister often cruel, you're so unhappy and lonely

Ilustración de [M]atelier

El intercambio

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¿Qué me ofreces a cambio?

La miraba mientras ella le preparaba un burrito con carne y verduritas. Intentaba pensar en algo que ofrecerle pero le resultaba demasiado atractivo verla disponer los ingredientes poco a poco dentro de la torta de maíz. Admiraba el movimiento de esos dedos enrollando la mezcla y ofreciéndomela. Fue entonces cuando acerté a decir: “15 minutos de masaje en la espalda y una copa de vino”.

“Insuficiente”, me dijo. Y antes de que pudiera subir la oferta a media hora la conversación se desvió por otros cauces. Aún así, seguíamos cenando. Verla comer, devorar su burrito preparado con delicadeza me tenía absorto. La manera de llevárselo a la boca, de morderlo, la trayectoria lenta que describía esa gota, mezcla de aceite y guacamole, cayendo de sus labios y que se escurría mentón abajo…

Un rato más tarde comenzó a prepararme otro. Debía hacer una mejor oferta y cuando ya decidí doblar ese tiempo de masaje me retuve para pensar por qué estaba allí. ¿Por qué se sienta conmigo y cenamos juntos? ¿Por qué quiso abrir antes de cenar una botella de vino y beber una copa? ¿Por qué desea verme a pesar de todo el dolor que le he provocado?

Por una vez pensé que lo que pretendía era comenzar de nuevo. Algo muy muy complicado pero que debía hacerse, y por eso estaba allí. Así que… ¿por qué no volver a los inicio? Debía proponerle volver a llamar su atención y que se sintiera de nuevo a gusto conmigo. No lo dudé un segundo.

“Si me preparas otro burrito escribiré como mínimo un par de relatos al mes”

Su cara se iluminó. No podía rechazar esa oferta. Lo sabía. Sabía que una propuesta así no podía dejarla escapar. Era a por lo que venía. A por un nuevo comienzo y para desafiar a lo que podría ser.

La sonrisa

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El cansancio le obligó a sentarse en uno de los bancos del parque. Su mente estaba al borde del cortocircuito debido a haber entrado en uno de esos bucles de depresión retroalimentada y su cuerpo exhausto después de haberse pateado un par de barrios de Barcelona bajo un sol asfixiante. Así que en cuanto vio un asiento libre bajo uno de los sauces llorones que bordean el parque no dudó un momento en desplomarse sobre él.

Y así quedó. Con las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en la arena que separaba sus pies hasta que una pelota ocupó el espacio entre ellos. Levantó la cabeza y un niño sonriente se reflejó en sus ojos llorosos.

- Estás triste – espetó el crío. Al ver que el adulto no reaccionaba decidió continuar sin dejar de sonreír- ¿Puedo coger la pelota?

El hombre abatido la agarró con una sola mano y, antes de alargador el balón le hizo una pregunta tan espontánea como absurda.

- ¿Por qué eres feliz?

- Porque sonrío

Y se despidió tras mostrarle un abanico de dientes y huecos entre los labios.

El hombre sintió envidia por la ingenuidad del niño. “Ojalá con eso bastara”, pensó. Y se levantó para dirigirse a casa, con media sonrisa en la boca y las piernas menos pesadas.

Inspirado en un tuit de @Yoriento

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