Pedazos
02 Jun 2012Volvió a acercarse a ella. Volvió a acariciarla, a cuidarla. Volvió a perforarle las costillas con las manos y a acunar su corazón para amoldarlo así a su ser. Y una vez acomodado ahí, cerró el puño derecho y lo arrancó de cuajo.
Ella lo miraba con los ojos abiertos, presa del pánico y del dolor insoportable en el pecho. Él, dándole la espalda, tomó dos pinzas con la mano izquierda, colgó del tendal el corazón de su amada, aún palpitante y desapareció. Ella, inmóvil, en pie, lo miraba sin poder recuperarlo. Sus manos intentaban tapar ese agujero infinito que en lugar de cerrarse se hacía cada vez más grande. De sus ojos apenas brotaban lágrimas y sus labios no pudieron pronunciar ni uno solo de los cientos de “¿por qué?” que le pasaron por la mente.
Semanas más tarde él volvió a por el corazón ya seco. Lo agarró por el medio con los dedos índice y pulgar de cada mano, y lo rasgó de arriba a abajo. Juntó las dos mitades y volvió a partirlo como aquel que hace pedazos el texto de una hoja que ya no sirve para nada. Ella tenía la mirada perdida al frente, ausente. Tan solo volvió al mundo cuando él se le acercó para devolverle el corazón hecho trizas y con un gesto le pidió que lo sostuviera. Ella descubrió el boquete aún sangrante de su pecho con la intención de recuperar alguno de los trozos.
Cuando creas que debes hacerlo cierra los ojos, sopla, y tendrás uno nuevo.
Y tras estas palabras él se dio media vuelta y se marchó.

